miércoles, 13 de febrero de 2013

JUAN II y LOS CATALANES (Parte 3)



En el tiempo de celebración de esta reunión de los brazos, se van a producir varios hechos de desigual incidencia en el desarrollo de los acontecimientos, pero de honda significación emotiva. 
Fernando, que por haber pasado varios años, los primeros de la su­blevación, en Zaragoza y por la defección catalana, se siente muy vinculado a Aragón, informa a las Cortes de la muerte de su madre (febrero, 1468) y por la ancianidad de su padre, que es operado con éxito de cataratas (Juan II cuenta más de 70 años, edad muy avanzada para el siglo XV, Fernando se encomienda al favor y protección de los aragoneses.
El diario del que había sido capellán de Alfonso V, nos narra la escena así:
"El príncipe don Fernando estando en la ciudad de Zaragoza, recibió la noticia de la muerte de su muy amada madre la señora reina, de lo que tuvo gran duelo y dolor; y en la dicha ciudad le hizo solemnes honras fúnebres."
"Acabadas las exequias de la reina, el señor príncipe don Fernando reunió a todos los barones de Aragón pertenecientes a uno u otro bando, y con muchas lágrimas, les dijo: 'Señores, todos sabéis cómo mi señora madre con cuanto trabajo ha sostenido la guerra por recuperar Cataluña para la Casa de Aragón; ved al señor rey mi padre, viejo, y a mí de poca edad, por eso, yo me encomiendo y me pongo en vuestras manos, y os demando en gracia que me recibáis como a un hijo', y otras palabras muy dulces y buenas y dichas con mucho amor." "Viendo los barones y los grandes señores de Aragón las palabras y el amor del príncipe, le dieron su respuesta: 'Señor, de hoy en adelante acordamos treguas, en toda suerte de bandos y parcialidades, que duren hasta que vuestra señoría haya cobrado el condado de Barcelona; os hacemos ofrecimiento, tanto cuanto podemos, de personas y de bienes; os damos, durante todo el tiempo de la guerra, sisas en el pan y en el vino de todo Aragón, y así, señor, os consolamos, que tengáis confianza en nuestro señor Dios, que obtendréis y ganaréis vuestras tierras y lo nuestro."
En el plano eminentemente político, la muerte del condestable de Portugal, obliga al Consejo de Cataluña a buscar un sucesor, y lo hace en la persona de Renato de Anjou, cometiendo con ello la mayor de las traiciones a la tradición de la Corona de Aragón, dando posibilidades a la dinastía más enfrentada con los intereses aragoneses, a tomarse la revancha en propio suelo peninsular.
Este hecho, posiblemente, sea el promotor de la decidida decantación del reino en favor de Juan II. A partir de este momento el auxilio aragonés, y también valenciano, será total a la causa realista, lo que unido al desamparo exterior de la revuelta del condado de Barcelona (Cataluña), va a hacer que el desenlace positivo para el bando Trastamara sea sólo cuestión de tiempo.
También en el año 1468 se va a producir un hecho decisivo para la evolución de los acontecimientos y para el posterior devenir de la Corona. Juan II, deseoso de afianzar el flanco castellano y alejar todo intento de participación de Enrique IV en los asuntos internos de sus dominios, trata del matrimonio del infante Fernando con la heredera del trono de Castilla, Isabel, hermana de Enrique IV, lo que logra con el apoyo del bando aragonesista que todavía perdura entre la nobleza castellana, celebrándose la ceremonia el 18 de octubre de 1469.
A este respecto conviene destacar que ni en la mente de Juan II, ni en la del infante Fernando, ni en la del monarca de Castilla, existe ningún rasgo que permita intuir deseos de unificación de los reinos, ni que con ello persigan la unidad nacional, conceptos tan utilizados por la historiografía posterior.
Los embajadores aragoneses que negociaron el acuerdo, llevaban instrucciones para tratar también, si fracasaban en la primera gestión, el matrimonio del infante aragonés con una hija del marqués de Villena, factótum de toda la política castellana.
Los sucesos posteriores tampoco abonan la idea, pues no sólo Enrique IV procuró impedir la sucesión de su hermana y fue preciso una guerra civil para que llegara al trono, sino que los capítulos matrimoniales no establecían la unión de las coronas; la expulsión de Fernando a la muerte de Isabel, la búsqueda por el aragonés de una sucesión para sus reinos patrimoniales —segundo matrimonio del rey— y el desagrado por la intromisión castellana en los asuntos internos, patentizado por aragoneses y catalanes, son hechos que invalidan cualquier interpretación que no sea la puramente coyuntural del momento atravesado por Juan II en su enfrentamiento con los rebeldes del condado.
En los años siguientes, Aragón y Valencia, reunidos en Cortes conjuntas en Monzón, van a conceder importantes subsidios al rey, lo que unido a la muerte del Anjou (diciembre, 1470), impulsará las acciones bélicas.
Los triunfos militares de Juan II llevan a la resolución del problema, que se conseguirá a mediados de octubre de 1472, cuando tras las capitulaciones de Pedralbes las tropas del rey entren en Barcelona.
El reino, en su esfuerzo final, ha quedado exhausto. El rebrote de violencia en Navarra, que contaba con el apoyo de Francia, había abierto un frente en las Cinco Villas y el Pirineo, que los aragoneses deben defender, pero instando al monarca para que no descuide las campañas catalanas. Desde finales del año 1470 las fuerzas del reino han llegado al límite. Cuando en una reunión de villas y ciudades se estudia la concesión de un año de sisas, los representantes abandonan la idea porque la situación económica del pueblo, agotado por los enfrentamientos nobiliarios, por la leva y cobro de impuestos para el ejército real y por la defensa de las fronteras, no per­mite la concesión de más ayuda.
A pesar de ello, cuando en la primavera de 1472 se le exige un último esfuerzo para preparar el cerco de Barcelona, el reino concede un gran destacamento de gentes de armas, pagadas para permanecer los meses de agosto y septiembre, pero que podrían mantenerse, si era preciso, hasta que la plaza se rindiera.
Los móviles que impulsaron a los aragoneses a obrar así durante toda la guerra han quedado expuestos a lo largo del relato que antecede. No obs­tante, hay un factor que posiblemente no ha sido tenido en cuenta en toda su importancia. Aragón, a pesar de su situación, se sigue sintiendo, quizá infundadamente o sólo a nivel protocolario, o quizá por su propio tradicionalismo, como cabeza de la Corona.
La idea puesta de manifiesto en el proceso de Caspe, no podía variar en sólo cincuenta años. Por ello, es difícil que admitiera la iniciativa catalana y que ésta no se le expusiera desde el principio, pues significaba volver a caer en la dependencia política del condado.
Pero además, si esta idea era propia de un sector, el más tradicional, hay otro, que no se puede llamar progresista ni mucho menos, pero sí el más pragmático, que por sus relaciones mercantiles no podía, por salvaguardar lo anterior, permitir que Cataluña se desgajara de la Corona, pues a pesar del auge valenciano en el siglo XV, el principado constituía el puntal de toda actividad mercantil aragonesa.
En resumen, Aragón, frente a la sublevación cata­lana, toma una postura que se basa, al mismo tiempo, en su respeto a la tradición —la monarquía, la Corona, la prioridad del reino sobre el condado— y en la utilidad —Cataluña y su salida al Mediterráneo.
Para conseguir el triunfo de sus ideas, se vacía en favor del rey y sufre en su interior las acometidas de los ejércitos enemigos, la leva de tropas y las continuas recaudaciones de impuestos extraordinarios. Las clases dirigentes, más atentas a sus beneficios personales, sin desatender el apoyo al monarca, se enfrentan en continuas disputas y enfrentamientos armados, que sólo consiguen destrozar el país y la convivencia de sus gentes.
Al final, la gran vencedora será Cataluña, que tras obtener unas garantías y unas reivindicaciones muy benignas en las Capitulaciones de Pedralbes, adoptará una posición que facilitará la introducción de reformas, ya en el período de Fernando II, que modificarán todas las estructuras y le permitirán traspasar el umbral del medioevo hacia la modernidad en unas condiciones muy favorables para su evolución.
Aragón, por su parte, conservará su tradicionalismo, y la fuerza adquirida por los grupos de presión impedirán todo cambio; en definitiva, seguirá manteniendo que es la cabeza de la Corona, cuando en realidad se ha convertido en el furgón de cola que se opone, incluso, a ser arrastrado penosamente por el rey y los demás Estados.

martes, 5 de febrero de 2013

JUAN II y LOS CATALANES (Parte 2)



La actuación catalana con respecto al reino, es confusa. Por supuesto la finalidad es el destrona­miento de Juan II, al menos en el Condado de Barcelona (Cataluña), por lo que en un principio tanto a Aragón como a Valen­cia, el consejo de Cataluña, órgano máximo de deci­sión rebelde, sólo solicitó la neutralidad, no la adhe­sión a la sublevación. 
Cuando deciden proceder a la elección de nuevo monarca, los catalanes muestran la herida abierta dejada por el Compromiso de Caspe y cincuenta años después del triunfo político de Aragón, el principado intenta deshacer su obra y construir otra él solo, llamando a reinar a los des­cendientes de los candidatos rechazados, aunque, paradójicamente, el primer elegido es otro caste­llano, Enrique IV, otro Trastámara, con menores derechos que Fernando de Antequera, pero que por cuestiones de defensa y de alianzas internacionales les era más útil, igual que el primer Trastamara lo había sido para Aragón.
En 1463, tras la renuncia de Enrique IV, el Consejo catalán acepta el ofrecimiento del condestable Pedro de Portugal, descendiente del conde de Urgel, el gran derrotado de Caspe. Esta decisión, más acorde con la tradición política catalana es, sin em­bargo, un fracaso en el plano militar y diplomático. 
Aragón inicia un acercamiento general al bando rea­lista; el partido catalanista en el reino está aislado en el sur, sin función estratégica y sin fuerza para cau­sar serios trastornos. El principal problema aragonés se centra en la anarquía interna, en los continuos enfrentamientos entre grupos de nobles, sin ideal político; pero a pesar de todo, estos mismos nobles que luchan a muerte entre sí, no dudan en prestar su concurso en el ejército real, y las ciudades y villas que sufren las consecuencias de estas luchas inter­nas, arbitran medios para socorrer con gentes de armas y dinero al monarca. 
Las Cortes de 1466-1468 acuerdan la ayuda con tropas, se aprueban sisas sobre el pan y el vino y, a instancias del rey, envían una embajada a Barcelona. Todo esto significa la adopción firme de una postura contraria a la sublevación, tomada por el órgano de representación ara­gonés. Al mismo tiempo se recibe la jura del infante Fernando como Gobernador General, rey de Sicilia y corregente de su padre en el gobierno de Aragón.

domingo, 27 de enero de 2013

JUAN II y LOS CATALANES (Parte I)



 El problema del Príncipe de Viana, y la guerra civil en Navarra sirvió de detonante a un levantamiento general en el condado de Barcelona (Cataluña) que se prolongó por espacio de diez años y estuvo a punto de provocar la ruptura de la unidad de la Corona de Aragón.
La situación social, económica y política del condado de Barcelona  (Cataluña) atravesaba, desde hacía ya un siglo, una profunda crisis.
La Peste Negra y sus consecuencias, y el crack económico del último cuarto del siglo XIV, habían hecho perder la hegemonía de Cataluña en el conjunto aragonés.
El Compromiso de Caspe y la entronización de la dinastía castellana, con los des­favorables resultados para la evolución política de sus reinos y condados, había generado un fuerte rechazo en los condados catalanes.
En general, el problema ciudadano, el campesino y el dinástico, aunque independientes en su desarrollo, coadyuvaban a crear unas condiciones favorables para la explosión incontrolada, cuyos principales objetivos serán la lucha contra los monarcas de la dinastía Trastámara y la separación de la Corona de Aragón.
El panorama interno del reino a comienzos de los años sesenta no puede compararse con el del Cataluña. La evolución de las instituciones políticas y sociales era muy distinta, pues lo que en Cataluña se traducía en movimientos estamentales de matiz pactista, en Aragón, sólo constituía reacciones particulares, menos interesadas en alterar las estructuras de la monarquía que de conseguir privilegios individuales.
Tampoco la cuestión económica, en regresión con respecto a decenios anteriores, presenta gravedad, pues los beneficios y la mejora de la expansión comercial de la primera mitad del siglo, no habían calado hasta las capas bajas de la sociedad, ni habían alterado las estructuras sociales ni afectado á la base agropecuaria del reino, lo que significaba que el retroceso momentáneo sólo interesaba a un número limitado de grandes fortunas, que habían invertido las ganancias en bienes raíces o en censales y, por tanto, sólo ligeramente se podían sentir en peligro.
Aragón se había convertido ya, tras sus veleidades revolucionarias de finales del siglo XIII, en un territorio tradicional y tradicionalista, poco o nada dispuesto a propiciar cambios, aferrado a unas estructuras asentadas en unos principios inamovibles: el Derecho, las Instituciones, la Tierra y la Sangre.
Cuando en Cataluña se inició el levantamiento, en apoyo del Príncipe de Viana, la aceptación aragonesa fue muy tímida y restringida. La muerte de Carlos de Viana dejó sin efecto cualquier levantamiento y las Cortes no tuvieron inconveniente, a pesar de no contar con la edad necesaria, en jurar como heredero al infante Fernando.
Cuando unos meses más tarde, desde agosto de 1462, la sublevación catalana alcanzó proporciones importantes y el condado se ofreció al monarca castellano Enrique IV, en el reino se perfila un bando catalanista, en el sentido de prestar su apoyo a la política de Cataluña en contra de Juan II; al frente de este partido, fomentado por el propio Enrique, se situaron Jaime de Aragón, hijo del duque de Gandía, en la zona de Albarracín, y Juan de Híjar, también en el sur del reino, a los que se adhirieron Alcañiz, Aliaga, Castellote y luego, por conquista, La Zaida, La Almolda, Albentosa, Rubielos y Sarrión, constituyendo un pasillo directo que ponía en contacto Castilla con el Ebro y Tortosa; igualmente en la zona de Veruela, hubo un movimiento de captación por parte de los castellanos, que alteró la región y puso en serios peligros a Tarazona, Borja, Magallón y otras poblaciones que tradicionalmente sufrían las consecuencias inmediatas de un enfrentamiento Aragón-Castilla,
Pero el que estos núcleos minoritarios y muy interesados se pusieran al lado de los rebeldes, no quiere decir que el reino se inclinara en seguida por este camino, sino más bien, que unos pocos elementos tomaron los dos partidos posibles y el grueso se mantuvo a la expectativa.
Así, mientras otros nobles y lugares (el arzobispo de Zaragoza, Pedro de Urrea, Martín de Lanuza, Felipe de Castro, Juan de Luna, Berenguer de Bardají, Rodrigo Rebolledo, etc.) apoyaban al rey y participaban en las primeras acciones militares, las Cortes del reino reunidas en Zaragoza en 1463, bajo la presidencia del infante Fernando, negaron auxilio oficial al monarca Juan II, a nivel conjunto, aunque a título particular siguieron los señores y los municipios ayudando con tropas y dinero.

lunes, 14 de enero de 2013

JUAN II y LA GUERRA CIVIL EN NAVARRA



Guerra civil en el reino de Navarra
Blanca de Navarra, hija del Rey de Navarra Carlos III “El Noble”, contrajo matrimonio con el Martín I de Sicilia,
Al enviudar Blanca de Navarra se caso en segundas nupcias con el Rey de Aragón Juan II, esto le convierte en el Rey de Navarra, por matrimonio, cuando Blanca I fallece en el año 1441.
Fruto de ese matrimonio fue su hijo Carlos, que ostentaba el título de Príncipe de Viana. Este título fue instituido por su abuelo Carlos III para su nieto Carlos, lo cual le da posibilidad de heredar el trono de Navarra.
Juan II, que siempre estaba ausente del reino de Navarra, debido a sus deberes en Castilla, de esta manera su hijo el príncipe de Viana, aceptaba el cargo de lugarteniente, ejerciendo de hecho las prerrogativas regias, como le pedía en el testamento su madre.
En este testamento Blanca confirmó que los derechos recaían sobre él, pero le pidió al príncipe de Viana que en atención a la dignidad y el honor de su padre no asumiese la realeza sin su consentimiento.
Para ello hubiera hecho falta una sintonía entre padre e hijo que no existió.
En Navarra existían dos facciones nobiliarias rivales, una, los agramonteses creada a comienzos del siglo XII con Sancho VII el Fuerte y la otra, los beaumonteses creada con Carlos III con su familia natural, que se alió con el linaje más antiguo de los Luxa de la Baja Navarra. Esta rivalidad durante un largo período, tejió una tupida trama de conflictos personales que llevarían a la guerra abierta. En Navarra, de forma tradicional, no era habitual conceder a los nobles señoríos territoriales y jurisdiccionales, o si se daban era en pago a algún servicio y sin carácter hereditario, pero Carlos III lo modificó y dio la posibilidad de obtener estos privilegios feudales dentro del reino.
La ausencia habitual del padre Juan II de Aragón evitó roces y conflictos con Carlos de Viana que se instaló en Olite, amigo de las Artes y de la Letras, de entorno aristocrático y vida palaciega, como su abuelo Carlos III; sus más íntimos colaboradores, los Beaumont, aumentaron su poder.
Por su parte Juan II de Aragón seguía su política para conseguir un bloque compacto de la nobleza castellana que se enfrentara al monarca castellano Juan II de Castilla y a su hijo Enrique. Para ello se casó en segundas nupcias con Juana Enríquez en 1444, logrando así la adhesión de su poderosa familia, almirantes de Castilla. Fruto de este matrimonio es su hijo Fernando.
Por el contrario, a Castilla le interesaba desestabilizar a Juan II de Aragón, y para ello ahondo en las diferencias entre padre e hijo.
Cuando en 1451 los castellanos penetraron en Navarra ocupando Burandón y avanzando sobre Estella, que fue defendida por Lópes de Baquedano, y finalmente acampando en las proximidad de Puente la Reina, Carlos de Viana llegó a un acuerdo con ellos para enfrentarse a su padre.
Los beaumonteses tomaron partido por el príncipe de Viana y los agramonteses tomaron partido por el rey Juan II de Aragón y estalló la guerra civil
En 1452 Carlos Príncipe de Viana, aunque ayudado por Juan II de Castilla, fue derrotado y tomado preso. Con la concordia de Valladolid fue liberado tras prometer no tomar título regio hasta la muerte de su padre, el príncipe, y fracasó otra vez tras volver a intentar tomar las armas contra su padre, se refugió en Nápoles con su tío carnal por vía paterna Alfonso V de Aragón. En 1458 Alfonso muere y Juan es coronado como rey de de Aragón, mientras a Carlos se le ofrecen las coronas de Nápoles y Sicilia.
Carlos rechaza estas propuestas y tras reconciliarse con su padre vuelve a Navarra en 1459, con 38 años de edad y comienzan las conversaciones para casarse con la hermanastra de Enrique IV de Castilla, Isabel (la Católica), entonces de tan sólo 9 años de edad. Sin embargo, la oposición de Juan II de Aragón, que pensaba en el hermanastro de Carlos, Fernando (el católico), entonces de 7 años de edad, fue tan violenta que ordenó desarmar y prender a su hijo Carlos en Lérida el 2 de diciembre de 1460.
Fue llevado después a Aitona y más tarde a la prisión de Morella. Esta imprudente medida alborotó a todo el reino y catalanes y navarros se alzaron en su favor. Esta insurrección pronto llegó a ser general y Juan II tuvo que ceder y poner en libertad al príncipe el 25 de febrero de 1461.
El 23 de septiembre de 1461, el príncipe de Viana muere a los 40 años de edad en el Palacio Real de la ciudad de Barcelona, no sin la sospecha de haber sido envenenado por su madrastra Juana Enríquez, madre de Fernando.

martes, 1 de enero de 2013

JUAN II REY DE ARAGÓN


Juan II es hijo de Fernando I rey de Aragón y de Leonor Urraca de Castilla, condesa de Alburquerque. Hermano del Rey Alfonso V de Aragón.
Nació en Medina del Campo el 29 de junio de 1398 Murió en Barcelona el 20 de Enero de 1479. Juan II de Aragón fue uno de los monarcas más longevos del siglo XV.

Sus títulos son duque de Peñafiel, rey de Navarra (1425 - 1479) y rey de Aragón, de Mallorca, de Valencia, de Cerdeña y de Sicilia (1458 - 1479), Conde de Barcelona, Conde de la Ribagorza, señor de Castrogeriz,

Juan II de 1415 a 1416 representó a su padre el Rey Fernando I de Aragón, en el gobierno de Sicilia y Cerdeña como lugarteniente general.

En 1419 contrajo matrimonio con Blanca, hija del rey navarro Carlos III el Noble, y viuda de Martín el Joven.
A la muerte de Carlos III en 1425, su hija Blanca y el infante Juan fueron proclamados conjuntamente reyes de Navarra. 

En ese mismo año, el día 29 de noviembre fue investido conde de Ribagorza en Valencia.

En el verano de 1429, para favorecer los intereses de sus hermanos los Infantes de Aragón, Juan invadió Castilla por el valle del Henares. 

Cuando iba a plantear batalla cerca de Jadraque, la intervención de su hermana María, esposa de Juan II de Castilla, determinó el fin de la expedición y, a la larga, la pérdida de aquella guerra al año siguiente.

Juan vivió ajeno a los asuntos de Navarra, gobernada por su esposa, y se mantuvo entregado plenamente a los asuntos aragoneses y a sus intereses en Castilla. Así, y para ayudar a su hermano el rey de Aragón, Alfonso V, participó en la fracasada campaña por la conquista de Nápoles en 1435. 

Años después, enfrentado de nuevo con su primo y cuñado el rey Juan II y con su valido don Álvaro de Luna, entró en guerra contra Castilla. Tomó Atienza y Torija, pero fue derrotado en 1445 en la batalla de Olmedo, con la que se puso fin al influjo aragonés en los asuntos castellanos.

A la muerte de Blanca de Navarra en 1441, Juan casó en segundas nupcias en el año 1445 con Juana Enríquez, hija de Fadrique Enríquez, Almirante de Castilla, y rival político de Álvaro de Luna.
La súbita intervención política de Juan en Navarra motivó el enfrentamiento entre el rey y su hijo primogénito Carlos de Viana, fruto de su matrimonio con la fallecida reina Blanca.

En efecto, Juan se aprovechó del testamento de su esposa por el que su hijo, que como príncipe de Viana era el legítimo heredero, no debía asumir el título real sin su consentimiento, asumiendo sólo la lugartenencia del Reino.

Esta situación en Navarra provocó un fuerte descontento, que llevó a la guerra civil en 1451.


jueves, 20 de diciembre de 2012

ALFONSO V Y NAPOLES



La conquista de Nápoles (1435-1443)
A pesar de la conmoción que supuso la noticia de la prisión de los hijos de Fernando el de Antequera, lo cierto fue que el cautiverio, primero en Génova y más tarde en Milán, se caracterizó por su benevolencia.
El duque Filipo Visconti quedó tan gratamente impresionado por la personalidad de Alfonso V que rápidamente se llegó a un acuerdo, el tratado de Milán, firmado el 8 de octubre de 1435, mediante el cual ambos dirigentes pactaron una división en las empresas italianas: todo el norte (incluida Córcega, a la que renunció el monarca aragonés), quedaría bajo la influencia milanesa, mientras que el sur de Italia, especialmente Nápoles, sería área de expansión aragonesa.
Las Cortes de Aragón, Valencia y Cataluña se vieron obligadas además a pagar treinta mil ducados como rescate de su rey, cantidad que, a pesar de ser pagada con rapidez para que el monarca recobrase la libertad, enfrió un poco más las tensas relaciones entre Alfonso V y sus territorios hispánicos. Alfonso V, en enero de 1436, nombró a su hermano, Juan I de Navarra, lugarteniente general de Valencia y Aragón, mientras que su esposa, la reina María, lo continuaba siendo de los condados (Cataluña), lo que, en la práctica, significaba delegar toda la política peninsular para continuar persiguiendo el sueño napolitano.
Con más pena que gloria, Alfonso V fue consiguiendo la financiación necesaria para reparar en su flota el daño sufrido en Ponza y volver a la carga, alentado por el extraño funcionamiento interno de los pactos políticos entre los estados italianos.

En 1435, el papa Eugenio IV recompensó la fidelidad de los Anjou al partido güelfo mediante el reconocimiento de René de Anjou como legítimo heredero de Nápoles, tal como figuraba en el testamento de la fallecida reina Juana.
Pero los Sforza y los Visconti no estaban dispuestos a aceptar sin más esta intromisión francesa, a pesar de que durante estos años continuaron peleándose entre ellos en diversos frentes.
En 1438 el propio René desembarcó en Italia, pero los problemas del papado, inmerso en la crisis del Concilio de Basilea (1439) obraron a favor de Alfonso V, que contó con el beneplácito de muchos nobles italianos en su lucha contra los Anjou.
Desde su base de Gaeta, el Magnánimo fue poco a poco limando el poder angevino en la isla y ganando adeptos: la conquista de Aversa (1440) y de Benevento (1441) preludiaron el largo asedio de Nápoles por parte de la armada y del ejército de Alfonso V.
Aunque genoveses y milaneses trataron de reaccionar contra su común enemigo aragonés firmando la paz de Cremona (1441), ya era demasiado tarde: el 2 de junio de 1442 Alfonso V conquistó la capital napolitana, efectuando una espectacular entrada triunfal en el Castilnuovo el día 26 de febrero de 1443. La nobleza del reino le aceptó como monarca y se comprometió a pagar un elevado donativo en metálico para sufragar los gastos de la guerra.
Tras largos años de lucha y de reveses, la determinación napolitana del monarca había conseguido llegar a su fin, dando comienzo el período italiano de la vida del que ya comenzaba a ser llamado por los escritores humanistas Alfonsus, rex Hispanis, Siculus, Italicus, pius, clemens, invictus.
En la paz de Terracina (1443), el propio Eugenio IV reconoció el gobierno de Alfonso V sobre Nápoles, completando la rotunda victoria contra todos sus enemigos.

El esplendor de un reinado (1445-1458)
Nápoles se convirtió desde 1443 en la capital de un imperio mediterráneo aragonés, pues Alfonso V ya no volvió a la península Ibérica.
Desde allí, procuró convertir a Nápoles como enlace mediterráneo que garantizase el comercio con sus reinos hispánicos y, por ende, el dominio napolitano fuese convertido en centro de prosperidad económica para Aragón, Valencia y Condado de Barcelona (Cataluña).
Pero la complejísima situación interna de Italia implicaría la existencia de guerras a las que Alfonso V no fue ajeno, especialmente contra Génova y Milán. Por momentos, como en 1447, cuando Filipo Visconti, en su testamento, le cedió el gobierno de todos sus estados excepto los castillos de Milán y Pavía,
Alfonso el Magnánimo acarició la idea de convertirse en rey de toda Italia. Pero primero los propios milaneses, proclamando la República Ambrosiana (1448), y más tarde los Sforza, apoderándose del gobierno del ducado (1450), frustraron los planes panitálicos de Alfonso V. El intento del emperador Federico III por hacerse coronar emperador de Roma, en 1452, cuando el rey Magnánimo ya era casi un sexagenario monarca, marca el punto de inflexión de estos sueños de expansión, pues prefirió alojar a su germánico huésped y cederle el dominio de sus territorios del norte.
En abril de 1454, la firma de la paz de Lodi entre los estados italianos puso fin a estos conflictos, pero, a su vez, el enfrentamiento entre Alemania y Francia sería el origen de la posterior presión francesa sobre los territorios napolitanos controlados por la monarquía aragonesa.
La última acción de Alfonso V fue ordenar al almirante Bernat de Vilamarí dirigirse con la flota aragonesa a asediar Génova, ante la ruptura de la paz de Lodi por parte de los genoveses.
Pero la muerte llamó al Magnánimo el 27 de junio de 1458, dejando inconclusa esta nueva empresa.
No tuvo hijos legítimos de su esposa, la reina María de Aragón, y no hay que buscar más explicación para este hecho que ver cómo en los cuarenta y tres años que ambos estuvieron casados apenas pasaron juntos cinco.
Sí tenía Alfonso V dos hijos ilegítimos, Fernando (Ferrante) y Juan (Gianni), habidos en dos de sus amantes italianas. El primero heredaría el reino de Nápoles, mientras que el segundo lo haría con el resto de ducados y títulos transalpinos.
Sin embargo, en Aragón reinaría su hermano, Juan I de Navarra (Juan II de Aragón), pues los hijos de las amantes no heredaban.
Paradójicamente, Alfonso V no tuvo ningún hijo de su más famosa amante, la bella Lucrezia d’Alagno, a quien colmó de prebendas y dinero en sus últimos años de vida. El desmedido amor que sintió por esta doncella dominó sus últimos años, como nos demuestra la narración de Eneas Silvio Piccolomini:

¡Qué asombroso es el poder del amor! Un gran rey, señor de las más nobles regiones de Hispania, señor de las islas Baleares, Córcega, Cerdeña y la misma Sicilia, el hombre que ha conquistado tantas provincias de Italia y derrotado en batalla a los más poderosos príncipes, al final era derrotado por el amor e igual que un prisionero se convertía en siervo de una simple mujer.!
(Recogido por Ryder, op. cit., p. 481).

Fuente: http://www.mcnbiografias.com

sábado, 15 de diciembre de 2012

POLÍTICA DEL REY ALFONSO V



POLITICA (II PARTE)
Alfonso V residió poco tiempo en sus estados aragoneses; de los 42 años de su reinado, pasó en Italia 29, siendo sustituido en sus largas ausencias por lugartenientes, que fueron su esposa la reina doña María y su hermano Juan de Navarra, el futuro Juan II, asesorados por los oportunos Consejos.
El interés por sus Estados peninsulares quedó en segundo plano a poco de acceder al trono, para dedicarse íntegramente a las cuestiones mediterráneas, herencia de su padre Fernando de Antequera. En 1420 marchó a Italia, con el propósito de asegurar su soberanía sobre las islas de Sicilia, Córcega y Cerdeña.
Poco después se vio implicado en los asuntos de Nápoles; Juana II le ofreció la sucesión de su reino a cambio de ayuda contra sus enemigos, oferta que aceptó el aragonés porque se le ofrecía la ocasión de continuar la expansión mediterránea.
Pero la ligera reina cambió varias veces de parecer y finalmente nombró sucesor a Luis III de Anjou, conde de Provenza, y a la muerte de éste en 1434, a su hermano Renato.
La reina recabó de Aragón la ayuda necesaria para hacer volver al rey, que «se partio daquesti regno tres annos e quatro meses ha passados» y que no podía regresar por carecer de dinero para pagar a la guarnición que tenía que dejar en Nápoles.
Las Cortes concedieron 10.000 florines a tal efecto, insistiendo en la necesidad acuciante del regreso del monarca. Más que el deseo de satisfacer a sus súbditos, fueron las circunstancias bélicas las que obligaron a Alfonso a volver a la península, en 1423, en busca de refuerzos, pero la situación de sus reinos le forzó a quedarse en ella hasta 1432, año en que tornaría a Italia decidido a apoderarse del trono napolitano y donde permanecería hasta el fin de sus días.

martes, 11 de diciembre de 2012

ALFONSO V REINADO



Otros hechos relevantes
El Rey Alfonso V fijo su atención en África  y en 1432,  dirige una expedición militar contra la isla de Yerba. Su interés se reanuda en 1434 con una nueva expedición a Trípoli, sin embargo las muertes de sus rivales napolitanos hace que su atención vuelva a centrarse en Italia.
Tuvo contactos diplomáticos con el imperio de Etiopía. En 1428, recibió una carta de Yeshaq I de Etiopía, entregada en mano por dos dignatarios, en la cual le proponía una alianza contra los musulmanes, sellada por un doble matrimonio, el del infante Don Pedro con la hija de Yeshaq, a condición de que éste llevara a Etiopía a un grupo de menestrales.
No está claro si Alfonso respondió a esta carta ni en qué términos, aunque un mensaje enviado al sucesor de Yeshaq, Zara Yagob en 1450, escribía que estaría encantado de enviarlos si se garantizaba su seguridad, ya que en una ocasión anterior toda una partida de trece de sus súbditos habían perecido en el viaje.

Política cultural
Alfonso V puede considerarse como un genuino príncipe del Renacimiento ya que desarrolló un importante mecenazgo cultural y literario que le valió el sobrenombre de “el Sabio” y que convertiría a Nápoles en el foco principal de la entrada del humanismo renacentista en el ámbito de la Corona de Aragón.
Protegió a humanistas destacados, como Lorenzo Valla, Giovanni Pontano o el Antonio Beccadelli. Fruto de este mecenazgo fue un círculo de poetas de cancionero cuya obra recoge el Cancionero de Stúñiga.
Su devoción hacia los clásicos fue excepcional. En sus propias palabras dijo: «los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer».
Se dice igualmente que Alfonso detenía a su ejército en piadoso respeto ante el lugar de nacimiento de un escritor latino, llevaba a Tito Livio o a César en sus campañas y su panegirista Panormita no consideraba una increíble mentira el decir que el rey fue curado de una enfermedad cuando se le leyeron unas páginas de la biografía de Alejandro Magno escrita por Quintus Curtius Rufus.
Su reinado se acaba con dos nuevas guerras: una contra su primo y cuñado, Juan II de Castilla, entre los años 1445 y 1454, y otra contra Génova que se inició en 1454 y continuó hasta su muerte, ocurrida el 27 de junio de 1458 en el castillo del Ovo (Nápoles).
Descendencia y sucesión en el Trono
En 1408 Alfonso se comprometió con María de Castilla (1401-1458), hija de Enrique III el Doliente, y prima suya. El matrimonio se celebró en la catedral de Valencia el 12 de junio de 1415. No tuvieron descendencia. Parece ser que su relación matrimonial no era buena, de aquí puede surgir el hecho de que instalase su corte en Napoles.
De su relación con Giraldona de Carlino, tuvo tres hijos naturales:
Fernando (1423 - 1494), su sucesor en el reino de Nápoles con el nombre de Fernando I.
 Y sus hijas María y Leonor.

Sucesión
En la corona de Aragón, Sicilia y Cerdeña, le sucedió su hermano Juan. El reino de Nápoles quedó en manos de su hijo bastardo Fernando.
En 1671 Pedro Antonio de Aragón, virrey de Nápoles obtuvo el permiso para trasladar desde allí los restos de Alfonso el Magnánimo y depositarlos en los Sepulcros Reales del monasterio de Poblet.
Se construyó una tumba con gran pedestal junto a los sepulcros reales, en el crucero, en el lado del Evangelio. Sólo queda en la actualidad la base o pedestal restaurado.