miércoles, 29 de mayo de 2013

ARAGÓN: TRADICIONES, MITOS Y LEYENDAS

Por Eduardo Jiménez
Una vez concluida la Historia del Reino o Corona de Aragón, al unirse con el reino de Castilla y dar lugar al nacimiento del Reino de España, dejo de escribir sobre historia de Aragón como Reino independiente.
En esta nueva etapa tratare de diversos temas, todos relacionados con Aragón, sus novedades, tradiciones, mitos y leyendas.
Comencemos por definir las diferencias entre tradición mito y leyenda.


Tradiciones, Mitos y Leyendas
La palabra tradición proviene del sustantivo latino traditio, y éste a su vez del verbo tradere, «entregar».
Tradición es el conjunto de patrones culturales de una o varias generaciones heredados de las anteriores y, usualmente por estimarlos valiosos, transmitido a las siguientes. Se llama también tradición a cualquiera de estos patrones. El cambio social altera el conjunto de elementos que forman parte de la tradición. (Wikipedia)
Según la RAE Real Academia de la lengua Española) el significado es:
(Del lat. traditĭo, -ōnis).
1. f. Transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc., hecha de generación en generación.
2. f. Noticia de un hecho antiguo transmitida de este modo.
3. f. Doctrina, costumbre, etc., conservada en un pueblo por transmisión de padres a hijos.
4. f. Elaboración literaria, en prosa o verso, de un suceso transmitido por tradición oral.
5. f. Der. Entrega a alguien de algo. Tradición de una cosa vendida
6. f. Ecd. Conjunto de los textos, conservados o no, que a lo largo del tiempo han transmitido una determinada obra. La tradición del Libro de Buen Amor está formada por pocos manuscritos

Un mito (del griego μθος, mythos, «relato», «cuento») es un relato tradicional que se refiere a acontecimientos prodigiosos, protagonizados por seres sobrenaturales o extraordinarios, tales como dioses, semidioses, héroes, monstruos o personajes fantásticos.
Los mitos forman parte del sistema de creencias de una cultura o de una comunidad, la cual los considera historias verdaderas. Al conjunto de los mitos de una cultura se le denomina mitología. Cuanto mayor número de mitos y mayor complejidad tiene una mitología, mayor es el desarrollo de las creencias de una comunidad. La mitología sustenta la cosmovisión de un pueblo.
Desde que en la Antigüedad grecolatina las explicaciones filosóficas y científicas entraron en competencia con las míticas, la palabra mito se cargó en ciertos contextos de un valor peyorativo, llegando a utilizarse de forma laxa como sinónimo de patraña, creencia extendida pero falsa, por ejemplo, la sociedad sin clases es un mito comunista, o la mano invisible del mercado es un mito liberal. También es común el uso un tanto laxo de mito y mítico (o leyenda y legendario) para referirse a personajes históricos o contemporáneos (o incluso a productos comerciales) cargados de prestigio y glamour: Charlot es un mito del cine mudo; los Beatles son un grupo mítico.
Como los demás géneros narrativos tradicionales, el mito es un texto de origen oral, cuyos detalles varían en el curso de su transmisión, dando lugar a diferentes versiones. En las sociedades que conocen la escritura, el mito ha sido objeto de reelaboración literaria, ampliando así su arco de versiones y variantes. Por ello, los mitos no han desaparecido en la época actual, solo se muestran y transmiten a través de diferentes medios. (Wikipedia)
Según la RAE mito es:
(Del gr. μθος).
1. m. Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad.
2. m. Historia ficticia o personaje literario o artístico que condensa alguna realidad humana de significación universal.
3. m. Persona o cosa rodeada de extraordinaria estima.
4. m. Persona o cosa a las que se atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen.

Una leyenda es una narración, de hechos naturales, sobrenaturales o una mezcla, que se narra y transmite de generación en generación de viva voz o literariamente, generalmente el relato se sitúa de forma imprecisa, entre el mito y el suceso verídico que le confiere cierta singularidad.
Se ubica en un tiempo y lugar que resultan familiares a los miembros de una comunidad, lo que aporta al relato cierta verosimilitud. En las leyendas que presentan elementos sobrenaturales, como milagros, presencia de criaturas feéricas o de ultratumba, etc., estos se presentan como reales, pues forman parte de la visión del mundo propia de la comunidad en la que se origina la leyenda. En su proceso de transmisión a través de la tradición oral las leyendas experimentan a menudo supresiones, añadidos o modificaciones, surgiendo así todo un mundo lleno de variantes.
En términos breves, la leyenda puede definirse como un relato folclórico con bases históricas. Una definición moderna ha sido propuesta por el folclorista Timothy R. Tangherlini en 1990: «Típicamente, la leyenda es una narración tradicional corta de un solo episodio, altamente ecotipificada, realizada de modo conversacional, que refleja una representación psicológica simbólica de la creencia popular y de las experiencias colectivas y que sirve de reafirmación de los valores comúnmente aceptados por el grupo a cuya tradición pertenece».
Contrariamente al mito, que se protagoniza por seres sobrenaturales, la leyenda se ocupa de seres humanos que representan arquetipos (tipos humanos característicos), como el del héroe o el anciano sabio, como se aprecia por ejemplo en las leyendas heroicas griegas y en las artúricas.
Se define a la leyenda como un relato folclórico con bases históricas. Una definición profesional moderna ha sido propuesta por el folclorista Timothy R. Tangherlini en 1990 (Wikipedia)
    "Típicamente, la leyenda es una narración tradicional corta de un solo episodio, altamente ecotipificada, realizada de modo conversacional, que refleja una representación psicológica simbólica de la creencia popular y de las experiencias colectivas y que sirve de reafirmación de los valores comúnmente aceptados por el grupo a cuya tradición pertenece".
Según la RAE leyenda es:
(Del lat. legenda, n. pl. del gerundivo de legĕre, leer).
1. f. Acción de leer.
2. f. Obra que se lee.
3. f. Historia o relación de la vida de uno o más santos.
4. f. Relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos.
5. f. Texto que acompaña a un plano, a un grabado, a un cuadro, etc.
6. f. ídolo ( persona o cosa admirada con exaltación).
7. f. Numism. Letrero que rodea la figura en las monedas o medallas.
Leyenda negra.
1. f. Opinión contra lo español difundida a partir del siglo XVI.
2. f. Opinión desfavorable y generalizada sobre alguien o algo, generalmente infundada.

sábado, 6 de abril de 2013

FERNANDO II Y EL FINAL DEL REINO DE ARAGÓN



Fernando II de Aragón, futuro Fernando el Católico, nació 10 de mayo de 1452 en la localidad zaragozana de Sos (Actual Sos del Rey Católico). Hijo de Juan II de Aragón y Juana Enríquez, hija de Fadrique Enríquez, almirante de Castilla, segunda esposa del futuro rey de Aragón Juan II
Su infancia y juventud estuvo marcada por las guerras civiles catalanas y las vicisitudes políticas en las que se vio envuelto su progenitor Juan II.
Al subir su padre al trono de Aragón, recibió los títulos de Duque de Montblanch y de conde Ribagorza y en 1461, a la muerte de su hermanastro Carlos, se convirtió en príncipe de Gerona y heredero de la Corona de Aragón.
Con apenas 11 años sufrió las penalidades del asedio de la Força de Gerona. El ejército de la Generalidad de Cataluña, que dominaba la burguesía rebelde, bajo el mando de Roger Pallarés, sitió a Juana Enríquez y a su hijo durante cuatro meses, hasta que llegaron las tropas del rey que, apoyadas por tropas del rey francés, obligaron a levantar el cerco al ser derrotadas.
A los catorce años, su padre le designó como lugarteniente general de la Corona, y en 1468 corregente del Reino y le cedió la Corona de Sicilia, posiblemente para dotar al joven de un reino con el que fortalecer el proyecto matrimonial de Fernando con la princesa Isabel de Castilla, que Juan II negociaba con los magnates castellanos enemigos de Enrique IV.
De este matrimonio concertado en Cervera, y celebrado en 1469 en circunstancias novelescas esperaban ambas partes ventajas decisivas para el logro de sus fines particulares: Juan II, para liquidar la guerra civil favorablemente y los grandes castellanos para el triunfo de la causa de Isabel.
De hecho sus consecuencias habían de ser mucho más importantes.
Mientras continuaba la guerra civil catalana: Juan II contribuyó a la creación de un gobierno contrarrevolucionario en Tarragona y junto a Fernando iba recuperando la obediencia de amplias zonas de Cataluña (Segarra, el Ampurdán y el Bajo Ebro), acreditando sus dotes diplomáticas y militares, hasta bloquear Barcelona y obligar al Consejo de Ciento a capitular (1472).
Ya antes de terminar la guerra Fernando fue como lugarteniente general un verdadero monarca asociado al trono de su anciano padre y colaboró eficazmente en las empresas del final del reinado, especialmente la pacificación de Cataluña y las campañas de Rosellón, ocupado por el rey de Francia. Fue también Fernando el encargado de poner fin al problema de la remensa.
Pero será en 1474 cuando la muerte de su cuñado Enrique IV y la subida al trono de Castilla de Isabel señale un nuevo y decisivo rumbo al curso de su vida.
Consiguió ser proclamado corregente de Castilla con los mismos derechos que Isabel mediante la Concordia de Segovia (1475). Terminada la guerra con la derrota de Juana, ésta renunció al trono a favor de Isabel por el Tratado de Alcaçovas (1479). Ese mismo año, Fernando sucedió a su padre como rey de Aragón.
Los especialistas hablan del germen del Estado Moderno en estos momentos (1479), poniéndose como objetivo los gobernantes la consolidación del poder monárquico.
Siempre se ha hecho referencia al reparto de funciones entre Isabel y Fernando, adjudicando a la soberana los asuntos internos y al monarca los externos.
En ese año, 1479, suele fijarse la unión de ambas coronas es decir nace el Reino de España.
Aquí doy por terminada la historia del Reino de Aragón, como entidad independiente.
Escudo de los Reyes Católicos
Un blasonado habitual del escudo de los Reyes Católicos en ese momento se presentaría como escudo timbrado con corona real abierta de oro y sostenido por el águila de San Juan Evangelista nimbada de sable cuartelado. En el primer y el cuarto cuartel figuraría un contracuartelado con las armas de Castilla y León y en el segundo y el tercero, un partido con las de Aragón y Sicilia.
Bajo el escudo y a ambos costados, se representarían las divisas de Fernando (el yugo con el nudo gordiano cortado) e Isabel (las flechas). Algunas veces aparece acompañando al águila sanjuanista el lema sub umbra alarum tuarum protegenos —'bajo la sombra de tus alas protégenos'—, como se observa en las monedas de oro acuñadas en Medina del Campo en 1497 por orden de los Reyes Católicos.
En algunos sellos, además, se muestra la leyenda «San Juan» en la orla nimbada que rodea la cabeza del águila del Evangelista.
Acompañan frecuentemente al escudo dos divisas: el yugo con el nudo gordiano cortado con el mote «tanto monta» de Fernando y el haz de flechas de Isabel. Cada una de estas divisas homenajeaba con su inicial al consorte: «F» de Fernando en las flechas de Isabel e «Y» de la reina —Ysabel, como es usual en la grafía de la época— en el yugo fernandino. Fernando había usado antes como divisa otro emblema parlante cuya inicial era la «Y»: el yunque.
Esta empresa o figura heráldica se acompañaba del lema «como yunque sufro y callo, por el tiempo en que me hallo», y con esta divisa había participado en justas y torneos tocado con una cimera de «ayunque» ('yunque') o «bigornia» ('yunque con dos puntas opuestas', del latín bicornia 'con dos cuernos') sobre el yelmo.
Más adelante creyó conveniente cambiar su divisa y pidió consejo, según parece, al humanista Antonio de Nebrija, quien se lo proporcionó proponiéndole un emblema alusivo al yugo atado con el nudo gordiano, de raigambre clásica, y que aludía a la importancia que tenía resolver las cuestiones políticas sin reparar en los medios que se utilizaban para hacerlo, tal cual lo hizo Alejandro Magno cuando cortó el nudo en Gordio en lugar de desatarlo, según la invención de Quinto Curcio introducida en la biografía del héroe macedonio, exclamando que tanto montaba (daba igual) cortarlo como desatarlo.
El mote o primeras palabras del lema que formaba parte de la divisa de Fernando fue, por consiguiente, «tanto monta».
Cuando en 1492 es conquistada Granada, los monarcas decidieron incluir el nuevo reino entre sus títulos, tras Sicilia y antes que Toledo, e incorporaron el emblema parlante de una granada alusiva a la nueva expansión territorial al entado del escudo.
Esta nueva partición representaría una granada tallada y hojada de sinople, reventada y con sus granos a la vista de gules, en campo de argén

domingo, 10 de marzo de 2013

FERNANDO II REY DE ARAGÓN (Parte 2)


Fernando a la edad de catorce (14) años fue designado por su padre Juan II de Aragón como lugarteniente general de la Corona, y en 1468 corregente del Reino y le cedió la Corona de Sicilia, posiblemente para dotar al joven de un reino con el que fortalecer el proyecto matrimonial de Fernando con la princesa Isabel de Castilla, que Juan II negociaba con los magnates castellanos enemigos de Enrique IV
Con este matrimonio concertado en Cervera, esperaban ambas partes ventajas decisivas para el logro de sus fines particulares: Juan II, para liquidar la guerra civil con su victoria y los grandes castellanos para el triunfo de la causa de Isabel.
El 7 de enero de 1469 se firmó un protocolo entre los futuros esposos, por el que Fernando se compromete a actuar en estrecha colaboración con Isabel y a adoptar las decisiones en común. El enlace no satisface a Enrique IV por lo que se realizará de incógnito. Fernando parte a tierras castellanas en octubre de ese año y el día 19 de octubre de 1469 se celebra el matrimonio, oficiado por el arzobispo Carrillo quien proporciona a la pareja una dispensa papal falsa, necesaria, debido a tener como antepasado común a Juan I de Castilla. Esta situación será regularizada por Sixto IV en 1471.
Al mismo tiempo en los condados catalanes continuaba la guerra civil. Fernando como lugarteniente general actuo como un autentico monarca bajo la supervisión de su anciano padre.
Juan II apoyo la creación de un gobierno contrarrevolucionario en Tarragona y junto a Fernando iba recuperando la obediencia de amplias zonas de Cataluña (Segarra, el Ampurdán y el Bajo Ebro), acreditando sus dotes diplomáticas y militares, hasta bloquear Barcelona y obligar al Consejo de Ciento a capitular (1472). Consiguiendo por fin la pacificación de Cataluña asi como poner fin al problema de la “remensa”
Es en el año  1474 cuando la muerte de su cuñado Enrique IV y la subida al trono de Castilla de Isabel señale un nuevo y decisivo rumbo al curso de la vida de Fernando II.
La muerte de Enrique IV  el día 12 de diciembre de 1474 y la posterior autoproclamación de Isabel como reina de Castilla el 13 de diciembre de 1474 sorprenderá a Fernando en Aragón.
En Castilla se produce una guerra entre los partidarios de Isabel y los de la hija de Enrique, Juana la Beltraneja.
Fernando II de Aragón se proclama el único descendiente varón vivo de Enrique IV y se presenta como candidato al trono castellano.
La actuación, de Fernando, motivará la firma entre los esposos de la concordia de Segovia el 15 de enero de 1475 en la que Fernando II de Aragón es proclamado corregente de Castilla, estableciéndose la absoluta igualdad entre ambos, Isabel y Fernando, en el ejercicio del poder real a pesar de que el nombre del rey debe anteceder al de la reina, al igual que las armas de ambos, norma que también se seguirá posteriormente en Aragón. De esta manera los esposos se presentan como un bloque consolidado, apoyado por un buen número de nobles, ciudades y villas que desean el "buen gobierno del reino",
Terminada la guerra en Castilla con la derrota de Juana, ésta renunció al trono a favor de Isabel por el Tratado de Alcaçovas (1479).
En este año de 1479 en la ciudad de Barcelona el 20 de Enero  fallece Juan II de Aragón “El Grande”, por tanto Fernando sucedió a su padre como rey de Aragón. En ese año, 1479, suele fijarse la unión de ambas coronas Aragón y Castilla. Es decir el origen o  nacimiento del Reino de España actual.

domingo, 3 de marzo de 2013

FERNANDO II REY de ARAGÓN (Parte 1)


INFANCIA Y JUVENTUD DE FERNANDO II de ARAGÓN
Fernando II de Aragón, futuro Fernando el Católico, nació 10 de mayo de 1452 Nacido, por deseo de su madre, en territorio aragonés, ya que se encontraba en Navarra (en las disputas de sucesión entre su hijastro Carlos y su esposo Juan II) y se desplazó hasta el caserón de la familia Sada, en la villa de Sos, localidad zaragozana junto a la frontera. (Sos, es conocida actualmente como Sos del Rey Católico.). Murió en la localidad de Madrigalejo (Cáceres), el 23 de enero de 1516
Fernando era hijo de Juan II el Grande y de su segunda esposa Juana Enríquez,
Recibió las enseñanzas del humanista Vidal de Noya y del obispo gerundense Juan Margarit.
Al subir su padre, Juan II al trono de Aragón, Fernando que contaba con seis años de edad, recibió el título de duque de Montblanc y conde de Ribagorza con el señorío de la ciudad de Balaguer, el 25 de julio de 1458.
En 1461, a la muerte de su hermanastro Carlos, se convirtió en príncipe de Gerona y heredero de la Corona de Aragón.
Su infancia y juventud estuvo marcada por las guerras civiles de Navarra y Cataluña así como  las vicisitudes políticas en las que se vio envuelto su progenitor Juan II de Aragón
Al acceder Juan II al trono del Reino de Aragón (También llamado Corona de Aragón), fue obligado por las Capitulaciones de Villafranca (1461) a entregar al Príncipe de Viana el gobierno de Cataluña, ya que en éstas, aparte de nombrar al Príncipe Gobernador General, se le prohibía entrar en Cataluña sin permiso y se limitaba notablemente su autoridad real.
La guerra civil en Navarra y  la temprana muerte de Carlos (23 de septiembre de 1461) hizo que Juan II viendo peligrar la unión de la Corona se negó a rubricar el nombramiento de su hijo Carlos de Viana, incumpliendo lo pactado, est situación desencadenó la guerra civil catalana (1462-1772), que coincidió con la revuelta del campesinado, iniciada en febrero de 1462, conocida como la revuelta de los payeses de remensa, cuyo apoyo buscó y obtuvo Juan II, que con jefes de la revuelta, como Francisco de Verntallat vieron la oportunidad de alzarse contra sus señores.
El rey logró mantener la fidelidad de Aragón, Valencia y Sicilia frente a la revuelta de Cataluña, donde se le consideró desposeído de la Corona, a pesar de haber forzado que Fernando fuera jurado como heredero y lugarteniente general de Cataluña.
De esta manera Fernando II, que era reconocido como heredero, al morir su hermanastro Carlos, príncipe de Viana (1461), fue coronado como Rey heredero de Aragón en Calatayud; fue nombrado lugarteniente general de Cataluña (1462) y, en 1468, rey de Sicilia.
Fernando II, con apenas 11 años sufrió las penalidades del asedio de la ForÇa de Gerona. El ejército de la Generalidad de Cataluña, que dominaba la burguesía rebelde, bajo el mando de Roger Pallarés, sitió a Juana Enríquez y a su hijo durante cuatro meses, hasta que llegaron las tropas del rey que, apoyadas por tropas del rey francés, obligaron a levantar el cerco.
Juan II había hipotecado a Luis XI, rey de Francia, los condados de Cerdaña y el Rosellón como garantía de pago de las 200.000 doblas que se acordaron por la entrega de 700 lanceros (tratado de Bayona, 1462).
En el caso de no cumplirse con el plazo de pago acordado de un año, la Cerdaña y el Rosellón pasarían a Francia, como así fue, hasta que fueron recuperados por Fernando en 1493.
Durante la guerra civil catalana (1462 - 1472), en la que tomó parte activa, se familiarizó con la administración del estado a instancias de su padre,participando en la vicisitudes bélicas y políticas de la larga contienda, lo que le proporcionaría un precoz aprendizaje de las cuestiones militares y de gobierno, circunstancia que sus biógrafos tienden a relacionar de manera directa con las habilidades demostradas posteriormente como gobernante y Rey de Aragón y de España.

miércoles, 13 de febrero de 2013

JUAN II y LOS CATALANES (Parte 3)



En el tiempo de celebración de esta reunión de los brazos, se van a producir varios hechos de desigual incidencia en el desarrollo de los acontecimientos, pero de honda significación emotiva. 
Fernando, que por haber pasado varios años, los primeros de la su­blevación, en Zaragoza y por la defección catalana, se siente muy vinculado a Aragón, informa a las Cortes de la muerte de su madre (febrero, 1468) y por la ancianidad de su padre, que es operado con éxito de cataratas (Juan II cuenta más de 70 años, edad muy avanzada para el siglo XV, Fernando se encomienda al favor y protección de los aragoneses.
El diario del que había sido capellán de Alfonso V, nos narra la escena así:
"El príncipe don Fernando estando en la ciudad de Zaragoza, recibió la noticia de la muerte de su muy amada madre la señora reina, de lo que tuvo gran duelo y dolor; y en la dicha ciudad le hizo solemnes honras fúnebres."
"Acabadas las exequias de la reina, el señor príncipe don Fernando reunió a todos los barones de Aragón pertenecientes a uno u otro bando, y con muchas lágrimas, les dijo: 'Señores, todos sabéis cómo mi señora madre con cuanto trabajo ha sostenido la guerra por recuperar Cataluña para la Casa de Aragón; ved al señor rey mi padre, viejo, y a mí de poca edad, por eso, yo me encomiendo y me pongo en vuestras manos, y os demando en gracia que me recibáis como a un hijo', y otras palabras muy dulces y buenas y dichas con mucho amor." "Viendo los barones y los grandes señores de Aragón las palabras y el amor del príncipe, le dieron su respuesta: 'Señor, de hoy en adelante acordamos treguas, en toda suerte de bandos y parcialidades, que duren hasta que vuestra señoría haya cobrado el condado de Barcelona; os hacemos ofrecimiento, tanto cuanto podemos, de personas y de bienes; os damos, durante todo el tiempo de la guerra, sisas en el pan y en el vino de todo Aragón, y así, señor, os consolamos, que tengáis confianza en nuestro señor Dios, que obtendréis y ganaréis vuestras tierras y lo nuestro."
En el plano eminentemente político, la muerte del condestable de Portugal, obliga al Consejo de Cataluña a buscar un sucesor, y lo hace en la persona de Renato de Anjou, cometiendo con ello la mayor de las traiciones a la tradición de la Corona de Aragón, dando posibilidades a la dinastía más enfrentada con los intereses aragoneses, a tomarse la revancha en propio suelo peninsular.
Este hecho, posiblemente, sea el promotor de la decidida decantación del reino en favor de Juan II. A partir de este momento el auxilio aragonés, y también valenciano, será total a la causa realista, lo que unido al desamparo exterior de la revuelta del condado de Barcelona (Cataluña), va a hacer que el desenlace positivo para el bando Trastamara sea sólo cuestión de tiempo.
También en el año 1468 se va a producir un hecho decisivo para la evolución de los acontecimientos y para el posterior devenir de la Corona. Juan II, deseoso de afianzar el flanco castellano y alejar todo intento de participación de Enrique IV en los asuntos internos de sus dominios, trata del matrimonio del infante Fernando con la heredera del trono de Castilla, Isabel, hermana de Enrique IV, lo que logra con el apoyo del bando aragonesista que todavía perdura entre la nobleza castellana, celebrándose la ceremonia el 18 de octubre de 1469.
A este respecto conviene destacar que ni en la mente de Juan II, ni en la del infante Fernando, ni en la del monarca de Castilla, existe ningún rasgo que permita intuir deseos de unificación de los reinos, ni que con ello persigan la unidad nacional, conceptos tan utilizados por la historiografía posterior.
Los embajadores aragoneses que negociaron el acuerdo, llevaban instrucciones para tratar también, si fracasaban en la primera gestión, el matrimonio del infante aragonés con una hija del marqués de Villena, factótum de toda la política castellana.
Los sucesos posteriores tampoco abonan la idea, pues no sólo Enrique IV procuró impedir la sucesión de su hermana y fue preciso una guerra civil para que llegara al trono, sino que los capítulos matrimoniales no establecían la unión de las coronas; la expulsión de Fernando a la muerte de Isabel, la búsqueda por el aragonés de una sucesión para sus reinos patrimoniales —segundo matrimonio del rey— y el desagrado por la intromisión castellana en los asuntos internos, patentizado por aragoneses y catalanes, son hechos que invalidan cualquier interpretación que no sea la puramente coyuntural del momento atravesado por Juan II en su enfrentamiento con los rebeldes del condado.
En los años siguientes, Aragón y Valencia, reunidos en Cortes conjuntas en Monzón, van a conceder importantes subsidios al rey, lo que unido a la muerte del Anjou (diciembre, 1470), impulsará las acciones bélicas.
Los triunfos militares de Juan II llevan a la resolución del problema, que se conseguirá a mediados de octubre de 1472, cuando tras las capitulaciones de Pedralbes las tropas del rey entren en Barcelona.
El reino, en su esfuerzo final, ha quedado exhausto. El rebrote de violencia en Navarra, que contaba con el apoyo de Francia, había abierto un frente en las Cinco Villas y el Pirineo, que los aragoneses deben defender, pero instando al monarca para que no descuide las campañas catalanas. Desde finales del año 1470 las fuerzas del reino han llegado al límite. Cuando en una reunión de villas y ciudades se estudia la concesión de un año de sisas, los representantes abandonan la idea porque la situación económica del pueblo, agotado por los enfrentamientos nobiliarios, por la leva y cobro de impuestos para el ejército real y por la defensa de las fronteras, no per­mite la concesión de más ayuda.
A pesar de ello, cuando en la primavera de 1472 se le exige un último esfuerzo para preparar el cerco de Barcelona, el reino concede un gran destacamento de gentes de armas, pagadas para permanecer los meses de agosto y septiembre, pero que podrían mantenerse, si era preciso, hasta que la plaza se rindiera.
Los móviles que impulsaron a los aragoneses a obrar así durante toda la guerra han quedado expuestos a lo largo del relato que antecede. No obs­tante, hay un factor que posiblemente no ha sido tenido en cuenta en toda su importancia. Aragón, a pesar de su situación, se sigue sintiendo, quizá infundadamente o sólo a nivel protocolario, o quizá por su propio tradicionalismo, como cabeza de la Corona.
La idea puesta de manifiesto en el proceso de Caspe, no podía variar en sólo cincuenta años. Por ello, es difícil que admitiera la iniciativa catalana y que ésta no se le expusiera desde el principio, pues significaba volver a caer en la dependencia política del condado.
Pero además, si esta idea era propia de un sector, el más tradicional, hay otro, que no se puede llamar progresista ni mucho menos, pero sí el más pragmático, que por sus relaciones mercantiles no podía, por salvaguardar lo anterior, permitir que Cataluña se desgajara de la Corona, pues a pesar del auge valenciano en el siglo XV, el principado constituía el puntal de toda actividad mercantil aragonesa.
En resumen, Aragón, frente a la sublevación cata­lana, toma una postura que se basa, al mismo tiempo, en su respeto a la tradición —la monarquía, la Corona, la prioridad del reino sobre el condado— y en la utilidad —Cataluña y su salida al Mediterráneo.
Para conseguir el triunfo de sus ideas, se vacía en favor del rey y sufre en su interior las acometidas de los ejércitos enemigos, la leva de tropas y las continuas recaudaciones de impuestos extraordinarios. Las clases dirigentes, más atentas a sus beneficios personales, sin desatender el apoyo al monarca, se enfrentan en continuas disputas y enfrentamientos armados, que sólo consiguen destrozar el país y la convivencia de sus gentes.
Al final, la gran vencedora será Cataluña, que tras obtener unas garantías y unas reivindicaciones muy benignas en las Capitulaciones de Pedralbes, adoptará una posición que facilitará la introducción de reformas, ya en el período de Fernando II, que modificarán todas las estructuras y le permitirán traspasar el umbral del medioevo hacia la modernidad en unas condiciones muy favorables para su evolución.
Aragón, por su parte, conservará su tradicionalismo, y la fuerza adquirida por los grupos de presión impedirán todo cambio; en definitiva, seguirá manteniendo que es la cabeza de la Corona, cuando en realidad se ha convertido en el furgón de cola que se opone, incluso, a ser arrastrado penosamente por el rey y los demás Estados.

martes, 5 de febrero de 2013

JUAN II y LOS CATALANES (Parte 2)



La actuación catalana con respecto al reino, es confusa. Por supuesto la finalidad es el destrona­miento de Juan II, al menos en el Condado de Barcelona (Cataluña), por lo que en un principio tanto a Aragón como a Valen­cia, el consejo de Cataluña, órgano máximo de deci­sión rebelde, sólo solicitó la neutralidad, no la adhe­sión a la sublevación. 
Cuando deciden proceder a la elección de nuevo monarca, los catalanes muestran la herida abierta dejada por el Compromiso de Caspe y cincuenta años después del triunfo político de Aragón, el principado intenta deshacer su obra y construir otra él solo, llamando a reinar a los des­cendientes de los candidatos rechazados, aunque, paradójicamente, el primer elegido es otro caste­llano, Enrique IV, otro Trastámara, con menores derechos que Fernando de Antequera, pero que por cuestiones de defensa y de alianzas internacionales les era más útil, igual que el primer Trastamara lo había sido para Aragón.
En 1463, tras la renuncia de Enrique IV, el Consejo catalán acepta el ofrecimiento del condestable Pedro de Portugal, descendiente del conde de Urgel, el gran derrotado de Caspe. Esta decisión, más acorde con la tradición política catalana es, sin em­bargo, un fracaso en el plano militar y diplomático. 
Aragón inicia un acercamiento general al bando rea­lista; el partido catalanista en el reino está aislado en el sur, sin función estratégica y sin fuerza para cau­sar serios trastornos. El principal problema aragonés se centra en la anarquía interna, en los continuos enfrentamientos entre grupos de nobles, sin ideal político; pero a pesar de todo, estos mismos nobles que luchan a muerte entre sí, no dudan en prestar su concurso en el ejército real, y las ciudades y villas que sufren las consecuencias de estas luchas inter­nas, arbitran medios para socorrer con gentes de armas y dinero al monarca. 
Las Cortes de 1466-1468 acuerdan la ayuda con tropas, se aprueban sisas sobre el pan y el vino y, a instancias del rey, envían una embajada a Barcelona. Todo esto significa la adopción firme de una postura contraria a la sublevación, tomada por el órgano de representación ara­gonés. Al mismo tiempo se recibe la jura del infante Fernando como Gobernador General, rey de Sicilia y corregente de su padre en el gobierno de Aragón.

domingo, 27 de enero de 2013

JUAN II y LOS CATALANES (Parte I)



 El problema del Príncipe de Viana, y la guerra civil en Navarra sirvió de detonante a un levantamiento general en el condado de Barcelona (Cataluña) que se prolongó por espacio de diez años y estuvo a punto de provocar la ruptura de la unidad de la Corona de Aragón.
La situación social, económica y política del condado de Barcelona  (Cataluña) atravesaba, desde hacía ya un siglo, una profunda crisis.
La Peste Negra y sus consecuencias, y el crack económico del último cuarto del siglo XIV, habían hecho perder la hegemonía de Cataluña en el conjunto aragonés.
El Compromiso de Caspe y la entronización de la dinastía castellana, con los des­favorables resultados para la evolución política de sus reinos y condados, había generado un fuerte rechazo en los condados catalanes.
En general, el problema ciudadano, el campesino y el dinástico, aunque independientes en su desarrollo, coadyuvaban a crear unas condiciones favorables para la explosión incontrolada, cuyos principales objetivos serán la lucha contra los monarcas de la dinastía Trastámara y la separación de la Corona de Aragón.
El panorama interno del reino a comienzos de los años sesenta no puede compararse con el del Cataluña. La evolución de las instituciones políticas y sociales era muy distinta, pues lo que en Cataluña se traducía en movimientos estamentales de matiz pactista, en Aragón, sólo constituía reacciones particulares, menos interesadas en alterar las estructuras de la monarquía que de conseguir privilegios individuales.
Tampoco la cuestión económica, en regresión con respecto a decenios anteriores, presenta gravedad, pues los beneficios y la mejora de la expansión comercial de la primera mitad del siglo, no habían calado hasta las capas bajas de la sociedad, ni habían alterado las estructuras sociales ni afectado á la base agropecuaria del reino, lo que significaba que el retroceso momentáneo sólo interesaba a un número limitado de grandes fortunas, que habían invertido las ganancias en bienes raíces o en censales y, por tanto, sólo ligeramente se podían sentir en peligro.
Aragón se había convertido ya, tras sus veleidades revolucionarias de finales del siglo XIII, en un territorio tradicional y tradicionalista, poco o nada dispuesto a propiciar cambios, aferrado a unas estructuras asentadas en unos principios inamovibles: el Derecho, las Instituciones, la Tierra y la Sangre.
Cuando en Cataluña se inició el levantamiento, en apoyo del Príncipe de Viana, la aceptación aragonesa fue muy tímida y restringida. La muerte de Carlos de Viana dejó sin efecto cualquier levantamiento y las Cortes no tuvieron inconveniente, a pesar de no contar con la edad necesaria, en jurar como heredero al infante Fernando.
Cuando unos meses más tarde, desde agosto de 1462, la sublevación catalana alcanzó proporciones importantes y el condado se ofreció al monarca castellano Enrique IV, en el reino se perfila un bando catalanista, en el sentido de prestar su apoyo a la política de Cataluña en contra de Juan II; al frente de este partido, fomentado por el propio Enrique, se situaron Jaime de Aragón, hijo del duque de Gandía, en la zona de Albarracín, y Juan de Híjar, también en el sur del reino, a los que se adhirieron Alcañiz, Aliaga, Castellote y luego, por conquista, La Zaida, La Almolda, Albentosa, Rubielos y Sarrión, constituyendo un pasillo directo que ponía en contacto Castilla con el Ebro y Tortosa; igualmente en la zona de Veruela, hubo un movimiento de captación por parte de los castellanos, que alteró la región y puso en serios peligros a Tarazona, Borja, Magallón y otras poblaciones que tradicionalmente sufrían las consecuencias inmediatas de un enfrentamiento Aragón-Castilla,
Pero el que estos núcleos minoritarios y muy interesados se pusieran al lado de los rebeldes, no quiere decir que el reino se inclinara en seguida por este camino, sino más bien, que unos pocos elementos tomaron los dos partidos posibles y el grueso se mantuvo a la expectativa.
Así, mientras otros nobles y lugares (el arzobispo de Zaragoza, Pedro de Urrea, Martín de Lanuza, Felipe de Castro, Juan de Luna, Berenguer de Bardají, Rodrigo Rebolledo, etc.) apoyaban al rey y participaban en las primeras acciones militares, las Cortes del reino reunidas en Zaragoza en 1463, bajo la presidencia del infante Fernando, negaron auxilio oficial al monarca Juan II, a nivel conjunto, aunque a título particular siguieron los señores y los municipios ayudando con tropas y dinero.

lunes, 14 de enero de 2013

JUAN II y LA GUERRA CIVIL EN NAVARRA



Guerra civil en el reino de Navarra
Blanca de Navarra, hija del Rey de Navarra Carlos III “El Noble”, contrajo matrimonio con el Martín I de Sicilia,
Al enviudar Blanca de Navarra se caso en segundas nupcias con el Rey de Aragón Juan II, esto le convierte en el Rey de Navarra, por matrimonio, cuando Blanca I fallece en el año 1441.
Fruto de ese matrimonio fue su hijo Carlos, que ostentaba el título de Príncipe de Viana. Este título fue instituido por su abuelo Carlos III para su nieto Carlos, lo cual le da posibilidad de heredar el trono de Navarra.
Juan II, que siempre estaba ausente del reino de Navarra, debido a sus deberes en Castilla, de esta manera su hijo el príncipe de Viana, aceptaba el cargo de lugarteniente, ejerciendo de hecho las prerrogativas regias, como le pedía en el testamento su madre.
En este testamento Blanca confirmó que los derechos recaían sobre él, pero le pidió al príncipe de Viana que en atención a la dignidad y el honor de su padre no asumiese la realeza sin su consentimiento.
Para ello hubiera hecho falta una sintonía entre padre e hijo que no existió.
En Navarra existían dos facciones nobiliarias rivales, una, los agramonteses creada a comienzos del siglo XII con Sancho VII el Fuerte y la otra, los beaumonteses creada con Carlos III con su familia natural, que se alió con el linaje más antiguo de los Luxa de la Baja Navarra. Esta rivalidad durante un largo período, tejió una tupida trama de conflictos personales que llevarían a la guerra abierta. En Navarra, de forma tradicional, no era habitual conceder a los nobles señoríos territoriales y jurisdiccionales, o si se daban era en pago a algún servicio y sin carácter hereditario, pero Carlos III lo modificó y dio la posibilidad de obtener estos privilegios feudales dentro del reino.
La ausencia habitual del padre Juan II de Aragón evitó roces y conflictos con Carlos de Viana que se instaló en Olite, amigo de las Artes y de la Letras, de entorno aristocrático y vida palaciega, como su abuelo Carlos III; sus más íntimos colaboradores, los Beaumont, aumentaron su poder.
Por su parte Juan II de Aragón seguía su política para conseguir un bloque compacto de la nobleza castellana que se enfrentara al monarca castellano Juan II de Castilla y a su hijo Enrique. Para ello se casó en segundas nupcias con Juana Enríquez en 1444, logrando así la adhesión de su poderosa familia, almirantes de Castilla. Fruto de este matrimonio es su hijo Fernando.
Por el contrario, a Castilla le interesaba desestabilizar a Juan II de Aragón, y para ello ahondo en las diferencias entre padre e hijo.
Cuando en 1451 los castellanos penetraron en Navarra ocupando Burandón y avanzando sobre Estella, que fue defendida por Lópes de Baquedano, y finalmente acampando en las proximidad de Puente la Reina, Carlos de Viana llegó a un acuerdo con ellos para enfrentarse a su padre.
Los beaumonteses tomaron partido por el príncipe de Viana y los agramonteses tomaron partido por el rey Juan II de Aragón y estalló la guerra civil
En 1452 Carlos Príncipe de Viana, aunque ayudado por Juan II de Castilla, fue derrotado y tomado preso. Con la concordia de Valladolid fue liberado tras prometer no tomar título regio hasta la muerte de su padre, el príncipe, y fracasó otra vez tras volver a intentar tomar las armas contra su padre, se refugió en Nápoles con su tío carnal por vía paterna Alfonso V de Aragón. En 1458 Alfonso muere y Juan es coronado como rey de de Aragón, mientras a Carlos se le ofrecen las coronas de Nápoles y Sicilia.
Carlos rechaza estas propuestas y tras reconciliarse con su padre vuelve a Navarra en 1459, con 38 años de edad y comienzan las conversaciones para casarse con la hermanastra de Enrique IV de Castilla, Isabel (la Católica), entonces de tan sólo 9 años de edad. Sin embargo, la oposición de Juan II de Aragón, que pensaba en el hermanastro de Carlos, Fernando (el católico), entonces de 7 años de edad, fue tan violenta que ordenó desarmar y prender a su hijo Carlos en Lérida el 2 de diciembre de 1460.
Fue llevado después a Aitona y más tarde a la prisión de Morella. Esta imprudente medida alborotó a todo el reino y catalanes y navarros se alzaron en su favor. Esta insurrección pronto llegó a ser general y Juan II tuvo que ceder y poner en libertad al príncipe el 25 de febrero de 1461.
El 23 de septiembre de 1461, el príncipe de Viana muere a los 40 años de edad en el Palacio Real de la ciudad de Barcelona, no sin la sospecha de haber sido envenenado por su madrastra Juana Enríquez, madre de Fernando.