jueves, 20 de diciembre de 2012

ALFONSO V Y NAPOLES



La conquista de Nápoles (1435-1443)
A pesar de la conmoción que supuso la noticia de la prisión de los hijos de Fernando el de Antequera, lo cierto fue que el cautiverio, primero en Génova y más tarde en Milán, se caracterizó por su benevolencia.
El duque Filipo Visconti quedó tan gratamente impresionado por la personalidad de Alfonso V que rápidamente se llegó a un acuerdo, el tratado de Milán, firmado el 8 de octubre de 1435, mediante el cual ambos dirigentes pactaron una división en las empresas italianas: todo el norte (incluida Córcega, a la que renunció el monarca aragonés), quedaría bajo la influencia milanesa, mientras que el sur de Italia, especialmente Nápoles, sería área de expansión aragonesa.
Las Cortes de Aragón, Valencia y Cataluña se vieron obligadas además a pagar treinta mil ducados como rescate de su rey, cantidad que, a pesar de ser pagada con rapidez para que el monarca recobrase la libertad, enfrió un poco más las tensas relaciones entre Alfonso V y sus territorios hispánicos. Alfonso V, en enero de 1436, nombró a su hermano, Juan I de Navarra, lugarteniente general de Valencia y Aragón, mientras que su esposa, la reina María, lo continuaba siendo de los condados (Cataluña), lo que, en la práctica, significaba delegar toda la política peninsular para continuar persiguiendo el sueño napolitano.
Con más pena que gloria, Alfonso V fue consiguiendo la financiación necesaria para reparar en su flota el daño sufrido en Ponza y volver a la carga, alentado por el extraño funcionamiento interno de los pactos políticos entre los estados italianos.

En 1435, el papa Eugenio IV recompensó la fidelidad de los Anjou al partido güelfo mediante el reconocimiento de René de Anjou como legítimo heredero de Nápoles, tal como figuraba en el testamento de la fallecida reina Juana.
Pero los Sforza y los Visconti no estaban dispuestos a aceptar sin más esta intromisión francesa, a pesar de que durante estos años continuaron peleándose entre ellos en diversos frentes.
En 1438 el propio René desembarcó en Italia, pero los problemas del papado, inmerso en la crisis del Concilio de Basilea (1439) obraron a favor de Alfonso V, que contó con el beneplácito de muchos nobles italianos en su lucha contra los Anjou.
Desde su base de Gaeta, el Magnánimo fue poco a poco limando el poder angevino en la isla y ganando adeptos: la conquista de Aversa (1440) y de Benevento (1441) preludiaron el largo asedio de Nápoles por parte de la armada y del ejército de Alfonso V.
Aunque genoveses y milaneses trataron de reaccionar contra su común enemigo aragonés firmando la paz de Cremona (1441), ya era demasiado tarde: el 2 de junio de 1442 Alfonso V conquistó la capital napolitana, efectuando una espectacular entrada triunfal en el Castilnuovo el día 26 de febrero de 1443. La nobleza del reino le aceptó como monarca y se comprometió a pagar un elevado donativo en metálico para sufragar los gastos de la guerra.
Tras largos años de lucha y de reveses, la determinación napolitana del monarca había conseguido llegar a su fin, dando comienzo el período italiano de la vida del que ya comenzaba a ser llamado por los escritores humanistas Alfonsus, rex Hispanis, Siculus, Italicus, pius, clemens, invictus.
En la paz de Terracina (1443), el propio Eugenio IV reconoció el gobierno de Alfonso V sobre Nápoles, completando la rotunda victoria contra todos sus enemigos.

El esplendor de un reinado (1445-1458)
Nápoles se convirtió desde 1443 en la capital de un imperio mediterráneo aragonés, pues Alfonso V ya no volvió a la península Ibérica.
Desde allí, procuró convertir a Nápoles como enlace mediterráneo que garantizase el comercio con sus reinos hispánicos y, por ende, el dominio napolitano fuese convertido en centro de prosperidad económica para Aragón, Valencia y Condado de Barcelona (Cataluña).
Pero la complejísima situación interna de Italia implicaría la existencia de guerras a las que Alfonso V no fue ajeno, especialmente contra Génova y Milán. Por momentos, como en 1447, cuando Filipo Visconti, en su testamento, le cedió el gobierno de todos sus estados excepto los castillos de Milán y Pavía,
Alfonso el Magnánimo acarició la idea de convertirse en rey de toda Italia. Pero primero los propios milaneses, proclamando la República Ambrosiana (1448), y más tarde los Sforza, apoderándose del gobierno del ducado (1450), frustraron los planes panitálicos de Alfonso V. El intento del emperador Federico III por hacerse coronar emperador de Roma, en 1452, cuando el rey Magnánimo ya era casi un sexagenario monarca, marca el punto de inflexión de estos sueños de expansión, pues prefirió alojar a su germánico huésped y cederle el dominio de sus territorios del norte.
En abril de 1454, la firma de la paz de Lodi entre los estados italianos puso fin a estos conflictos, pero, a su vez, el enfrentamiento entre Alemania y Francia sería el origen de la posterior presión francesa sobre los territorios napolitanos controlados por la monarquía aragonesa.
La última acción de Alfonso V fue ordenar al almirante Bernat de Vilamarí dirigirse con la flota aragonesa a asediar Génova, ante la ruptura de la paz de Lodi por parte de los genoveses.
Pero la muerte llamó al Magnánimo el 27 de junio de 1458, dejando inconclusa esta nueva empresa.
No tuvo hijos legítimos de su esposa, la reina María de Aragón, y no hay que buscar más explicación para este hecho que ver cómo en los cuarenta y tres años que ambos estuvieron casados apenas pasaron juntos cinco.
Sí tenía Alfonso V dos hijos ilegítimos, Fernando (Ferrante) y Juan (Gianni), habidos en dos de sus amantes italianas. El primero heredaría el reino de Nápoles, mientras que el segundo lo haría con el resto de ducados y títulos transalpinos.
Sin embargo, en Aragón reinaría su hermano, Juan I de Navarra (Juan II de Aragón), pues los hijos de las amantes no heredaban.
Paradójicamente, Alfonso V no tuvo ningún hijo de su más famosa amante, la bella Lucrezia d’Alagno, a quien colmó de prebendas y dinero en sus últimos años de vida. El desmedido amor que sintió por esta doncella dominó sus últimos años, como nos demuestra la narración de Eneas Silvio Piccolomini:

¡Qué asombroso es el poder del amor! Un gran rey, señor de las más nobles regiones de Hispania, señor de las islas Baleares, Córcega, Cerdeña y la misma Sicilia, el hombre que ha conquistado tantas provincias de Italia y derrotado en batalla a los más poderosos príncipes, al final era derrotado por el amor e igual que un prisionero se convertía en siervo de una simple mujer.!
(Recogido por Ryder, op. cit., p. 481).

Fuente: http://www.mcnbiografias.com

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